En la isla de Circe se encuentra Odiseo cazando un ciervo mientras toda su tripulación está en casa de la diosa. El animal huye cuando la flecha es lanzada, pero esta lo alcanza más allá de la vista de Odiseo y de la nuestra. Al acercarse, poco a poco se va mostrando que lo que mató el guerrero no era carne animal sino humana. El ciervo había vuelto a ser, en su muerte, un hombre.
De la simpleza de esta escena de La Odisea (2026), de Christopher Nolan, aparece la complejidad de esculpir una idea con imágenes, con trucos, con acciones. Algo en lo que Nolan no es un aficionado, sino una especie de escultor sabio. En sus películas aparece siempre la posibilidad de la sombra. Una sombra que puede ser moldeada y que haría del cine un imperio de símbolos y de encarnamiento de emociones.
Virginia Woolf escribió en su texto El cine y la realidad, sobre esta potencia de las imágenes. Hablaba sobre una mancha colada en una proyección que logró expandirse en la tela al punto que provocó un miedo irreconocible y mucho más afectivo que lo que la película que veía lograba mostrar. Percibió en esa sombra intrusa un atisbo de lo que la imagen puede ser: un sentido impoluto.
Sentir la imagen de un ciervo volviéndose hombre, de una isla de bestias que ahora sabemos de dónde vienen, y de una muerte que puede percibirse piadosa en su propio miserabilismo: de todo eso es capaz una sombra, una imagen, una mancha de un hombre lanzándole una flecha a un ciervo.

La Odisea es un encuentro incesante de un imperio de aquellas sombras, uno diferente a aquel reino que visitó Gorki en el nacimiento del cine. Las sombras de este imperio, como manchas, se apilan una tras otra, trayendo emociones distintas, pensamientos distintos, reflexiones distintas. Me llega al ojo una sombra con la forma de Polifemo, y pienso sobre la ceguera que provoca la guerra, y que lastima a aquellos que la imparten y a aquellos que la ignoran, mientras que los padres de la guerra como Poseidon apenas y oyen las suplicas de sus hijos heridos. Llega otra sombra con forma de Ítaca, y pienso en el regreso a casa como un regreso al cuerpo y no tanto a una tierra como patria; el regreso de Odiseo como un (re)conocimiento a sí mismo que el olvido estuvo por arrebatarle; y que en la sabiduría de Atenea se entiende que la existencia no es posible a través del olvido, sino a través del cúmulo de recuerdos, aunque estos incluyan dolores como la guerra y el abandono. Y así, mancha tras mancha, se cuelan en el ojo, y van tejiendo, lastimosamente, una tiniebla.
El mal de La Odisea reside precisamente en aquello que hace tan bien: sus imágenes; son tantas que hacen de la película un poemario débil con grandes poemas.

Si puede afectarme cada acontecimiento por separado de esta odisea es porque hay un acto sensible distinto en cada uno, aunque sean parte de un todo. Si cada poema es una isla sería ingenuo soñar con la posibilidad de un continente y no con un archipiélago. Los poemas se respiran, se sienten, y se afectan mientras nos infectan, pero La Odisea peca en aquello que cree que respeta y es entender el tiempo.
Debemos quedarnos con Polifemo un poquito más, para quizá escuchar si hay un padre del otro lado del mar. Debemos de quedarnos con Circe un poquito más, para pensar en cuántas bestias no pudo convertir en animales. Debemos de quedarnos en Troya un poquito más, para entender que las espadas, así como atraviesan a una joven y a una estatua, también podrían atravesar dioses. Debemos de quedarnos en La Odisea un poquito más, para volver a ella mucho más.
Tal como hizo Pasolini con La rabia (1963), Tarkovski con El espejo (1975), o Parajanov con El color de la granada (1969); Nolan debería aprender a leer poesía para entender que los tiempos poéticos son muy distintos a aquellos que ha trabajado en sus películas anteriores como Dunquerque (2017) o Memento (2000).

No importa mucho la interpretación de Nolan de la obra homérica. Woolf, en el mismo texto, ya decía que habría un malestar en el público al ver una adaptación, porque el ojo estaría esperando fielmente que aparezca el libro que su memoria resguarda, haciendo que lo sensible se disuelva y se convierta todo en una cuestión de expectativas.
Un público no debe ver una película como una espera de algo, porque toda espera conlleva a la construcción de una expectativa, y toda expectativa es un futuro imposible. Por lo que no veo en La Odisea de Nolan una “mala” adaptación, sino una débil lectura.
La Odisea se concibe entonces como un conjunto de grandezas que en su reunión se debilitan. El encuentro de Circe y el dolor de sus manos; o la batalla contra los gigantes que movían bosques, son aquellas imágenes que afectan al público y de las que Woolf veía una infinitud de poder; pero en su coalición, en ese encuentro entre sombras, se forma una tiniebla que no permite ver aquello que atraviesa la película, no permite pensar en un poemario, en un archipiélago, en un imperio; sino simplemente en la posibilidad de una sombra.