Hay formas de cultivar la tierra que también son formas de pensar el mundo. En su sombra fértil, el cortometraje de Andrés Dávila Argoty se acerca a una de ellas a través de la vida de Mercedes Cuatindioy, una mujer indígena que trabaja su chagra en el resguardo de las montañas de Putumayo.
La película no parece interesada en explicarlo todo. Más bien deja que aparezca, poco a poco, un conocimiento que viene de lejos. Mercedes, la protagonista, habla de las semillas, de lo que aprendió de sus padres, de cómo reconocer lo que la tierra ofrece. En sus palabras se siente que ese saber no está guardado en libros, sino en su práctica diaria de cultivar, observar y esperar.

Es ahí que aparece unos de los gestos más potentes del cortometraje. En estos tiempos donde todo parece medirse por cuánto se produce y cuán rápido se hace, la chagra propone otra relación con la tierra. En lugar de una sola planta, muchas. En lugar de acelerar los ciclos, respetarlos. Y es así cómo lo acompaña la película, con su manera particular de mirar.
Filmada en celuloide y alternando entre color y blanco y negro, la cámara se detiene sin apuro en las plantas, en las sombras, en los recorridos de Mercedes. Hay una paciencia en esas imágenes, como si quisieran acoplarse al mismo ritmo de aquello que está filmando.
Poco a poco entendemos que lo que cuida Mercedes no es únicamente un cultivo, es también una memoria, una forma de vida que insiste en permanecer incluso cuando alrededor todo parece empujar hacia otra dirección.
Tal vez por eso, En su sombra fértil, deja una sensación que es difícil de nombrar del todo. Como si, detrás de esas semillas que Mercedes sigue cuidando, estuviera también la posibilidad de imaginar otra manera de habitar la tierra..