O ultimo varredor: Las babas de un gigante

Escrito por Gabriel Avecilla

Hay gigantes allá cerca del puerto. Criaturas de concreto y metal que reciben el nombre de “fábrica” y que forman parte de una nación que devora trabajadores, tierras y mares. Estos gigantes tropiezan por todo el país y habitan en las costas, los campos y las selvas. Sus profesiones varían. A veces escupen babas negras que contaminan ríos y en otras exterminan árboles con la misma violencia que un parpadeo, pero nunca abandonan su verdadera labor: tragar cuerpos. Sin embargo, hay ocasiones en las que surgen seres que, como un acto de lucha, logran meterse en la garganta de estas bestias y salen sin ser masticados. Son cuerpos que se enfrentan a los gigantes, y ganan.


Manoel Reis, un barredor de Mato Grosso, es uno de esos cuerpos de aguante ante las bestias y que podemos ver en el documental O ultimo varredor (2025) una obra de Perseu Azul y Paulo Alpia. Esta película retrata algunos días de Reis como barredor, retirando la soja sobrante de los camiones que la transporta y a su vez tratándola para venderla luego O ultimo varredor cuenta con todos los riesgos para desembocar en la romantización de los trabajos periféricos y clandestinos, pero sus realizadores, Perseu Azul y Paulo Alípio, logran apuntar a una reflexión con la imagen en la que todo lo que aparece en cuadro parece respirar y soplarle al público que lo ve. De hecho, ni una palabra sale de Reis o de las bestias de metal; por lo que toda conclusión del espectador proviene del ruido, del polvo, del sol, de la noche, de Reis, de las criaturas, de la imagen misma.


Por eso he escrito bastante sobre los gigantes. Y es que una de las secuencias iniciales me provocó invocarles. Es una secuencia que muestra a Reis dentro de un lugar que apenas se distingue gracias a un halo de luz que parece salir de un hoyo de la cabeza del barredor. Poco a poco se puede reconocer que es el interior de un camión, pero en un principio pensé en un contenedor, luego en lo vulnerable que se ve Reis ahí dentro, y que en cualquier momento estas paredes que parecen membranas de lata podrían comprimirse y machucarlo. Luego aparecen unas cadenas que atraviesan el camión de pared a pared, pero que simulan ser hilos de baba, y cada vez pienso más en que Reis está dentro de la boca de un gigante, quitando granos de soja con brusquedad como para hacer enojar a la criatura. Luego, está fuera, descansando bajo el sol, afilando una estaca como victorioso, como si hubiera sido el arma con el que mató a la criatura.


Mientras avanza el cortometraje, se van develando que los monstruos son fábricas y camiones, que el hoyo en la cabeza era una linterna, que Reis además de sobrevivir de ser tragado también suele descansar afilando palos de madera. Pero la película no es un acto de desenmascaramiento, sino uno de reconocimiento. De reconocer que hay un esquema económico gigante que intenta absorber la vida de aquellos cuerpos como el de Reis, cuerpos proletariados y racializados. El documental no te muestra que esas criaturas plateadas y puntiagudas son en realidad fábricas, el documental te muestra que esas fábricas son criaturas plateadas dispuestas a devorarse el mundo. De la misma forma, no solo muestra a un barredor de Mato Grosso en una rutina laboral común, muestra a un cuerpo que resiste a ser tragado, muestra a un cuerpo con luz brotando de su cabeza, muestra a Reis resistiéndose a ser el último barredor.

O ultimo varredor no solo se compone de estas imágenes de las que pueden surgir reflexiones en torno al capital, al esquema económico, a la proletarización, a la automatización, etc.; también se compone de una puesta en escena de las que pueden brotar figuras como los gigantes o los domadores de ellos, figuras que no explican por sí solas la cuestión de ser el último barredor de soja en Mato Grosso, pero que sí nacen de la parte sensible de la imagen y por lo tanto goza del poder de incrustarse en la mirada del público.

Escribo esto habiéndome acabado una jarra entera de agua, con la camiseta desabotonada por el calor y viendo hacia fuera del noveno piso del edificio donde me estoy quedando. Al fondo, bien al fondo, se ven unas siluetas. Son los gigantes del puerto. Siempre los veo. En este momento sé que, si mi vista fuese un poco más aguda, podría ver más al fondo, y podría ver a los últimos pescadores, haciéndole frente a estas bestias. Quizá algún día, llegue a vagabundear por las calles el último de los gigantes. Hasta entonces, hay que seguir escapando de sus babas.